La victoria de Tarapacá y el ego nacional

De la guerra de 1879 solemos recordar con profunda emoción las acciones de armas en que, no obstante inmolación valerosa de nuestros soldados, fuimos derrotados militarmente. Así, el Combate de Angamos o la Batalla de Arica están en nuestro imaginario desde niños.

Eso está bien; sin embargo, no le hemos dado el mismo sitial en nuestra recordación nacional a aquellas contiendas de esa infausta guerra en que fuimos realmente victoriosos, como sucedió en la Batalla de Tarapacá del 27 de noviembre -como hace tres días atrás- de 1879.

Habíamos perdido el control de nuestras costas luego de la inmolación de Grau y de toda la tripulación del mágico monitor Huáscar en Angamos, el mes anterior (8 de octubre de 1879), y ello significó un punto de quiebre durante la guerra, pues consumada la derrota marítima, a Chile desde el comienzo nada lo distraía en su deseo de doblegarnos también en tierra para hacerse de nuestros territorios sureños (Tarapacá, Arica y Tacna), y en ese plan estaba desde luego su fijación de ocupar Lima.

Las tropas chilenas confiadas fueron derrotadas por las peruanas al mando del general Buendía en una batalla de más de 12 horas. Allí estuvieron, además, Francisco Bolognesi, Alfonso Ugarte, el argentino Roque Sáenz Peña y el guardia civil Mariano Santos y, por supuesto, el héroe viviente Andrés Avelino Cáceres, luego ungido a la calidad de Mariscal del Perú y que murió recién en 1923.

A pesar de la victoria peruana, al final de la guerra perdimos para siempre Tarapacá el día de la firma del Tratado de Ancón (20 de octubre de 1883); en cambio, el Tratado de Lima, del 3 de junio de 1929, acabó con la chilenización y confirmó a Tarapacá y a Arica como territorios chilenos, nos guste o no.

Como profesor de Historia del Derecho, traigo a esta honrosa columna en el emblemático diario Correo este triunfo militar para que invirtamos en el ego nacional de la victoria, que es clave para nuestro desarrollo.

Nuestra victoria jurídica contra Chile en La Haya (2014) debió acrecentar nuestro imaginario, pero no se hizo -hasta ahora no está en el currículo escolar como merece- y mirando el Bicentenario, hay que corregirlo. 

*Internacionalista

Publicado en el Diario “Correo” el 30/11/18

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