Un día en Utopia

Juan Manuel del Campo era un periodista experimentado que había hecho de todo un poco. Sin embargo, su nombre no estaba en las marquesinas de la élite.

Quizá por eso aceptó reemplazar a Darío Cornejo, vinculado a un importante grupo empresarial de comunicaciones, en la jefatura de Prensa de Palacio, luego de la caída de Qaliniwski de la presidencia de Utopia.

El expresidente tuvo que renunciar por el caso Odenecht, como se denominó a un escándalo de alcances planetarios donde esa y otras empresas brasileñas había robado a nuestro país por cantidades siderales, hasta ahora incalculables.

Por esta razón, la esperanza -un hábito forzoso entre los habitantes- estaba puesta en Agustín Gutarra, vicepresidente de Qaliniwski.

El encargado era un ingeniero provinciano con un cargo nominal, más allá de su paso por el Ministerio de Transportes y Comunicaciones, de donde tuvo que salir por otro affaire del caso un aeropuerto, del que se salvó por no firmar adendas y porque el Carlos Vílchez, en ese entonces fiscal, archivó la investigación.

El país venía mal hace muchos años. La polarización, la corrupción, la incompetencia y el caos estaba lo haciendo retroceder luego de la caída de Humberto Fujihuaro, al cual tirios y troyanos le reconocían algunos méritos. Y le achacaban varias barbaridades, por las cuales se encontraba en prisión, luego de un juicio por decir lo menos, polémico.

Gutarra al asumir el mando señaló la necesidad de terminar con la confrontación que empujaba al país hacia la ingobernabilidad. “Basta de odios” dijo en aquella ocasión.

La verdad es que el presidente había cumplido su promesa. Por su parte, el odioso y e ineficiente congreso había dejado de proteger a los bribones fujihuaristas, y puso al breque a otros impresentables que ostentaban inmerecidamente una curul, merced a un desastroso sistema político que por fin se empezaba a reestructurar, gracias a las buenas iniciativas del Ejecutivo, y la cooperación del parlamento.

La fiscalía, luego de la salida de Vílchez y de su controvertido sucesor, Iturry, había afinado el trabajo: políticos, empresarios, y periodistas habían desfilado por ahí. La verdad es que la situación de muchos investigados era comprometedora, pero el Estado y el Ejecutivo se mantuvieron al margen. Incluso, tanto el Ministerio Público como el Poder Judicial recibieron apoyo logístico, financiero y de personal.

El acuerdo preliminar con Odenecht hacía prever que se el Estado obtendría un merecido resarcimiento, mientras las otras compañías colaborarían para otorgar al país una indemnización razonable, mostrando un deseo de cooperación para lograr algo de justicia.

Por esta razón, la economía empezaba a mejorar, los ciudadanos a recuperar la confianza en la democracia. Los proyectos como Tía Daría, y otros paralizados comenzaron a hacerse realidad. Se anunciaban inversiones, la construcción y la pesca se dinamizaban, la reconstrucción del norte avanzaba a buen ritmo, beneficiando a las empresas y pobladores de la zona, y el BCR reajustaba su proyección de crecimiento del P.B.I al 6%.

Poco a poco, quedaban cada vez más lejos en la memoria personajes como Sanjinez, Alvites, y Eduardo Chumbe, y sus alaridos a la luna, opinando a favor del cambio de constitución, el fin del modelo neoliberal, y toda esa monserga propia de los radicales.

Juan del Campo, en su fuero interno se encontraba, como pocas veces, más que esperanzado. Estaba ilusionado.