Lima ¿ Donde las calles vuelan ?

Lima al mediodía. Lima en hora punta: movimiento, trajín, pregones en calles que palpitan, transpiran, bullen bajo un sempiterno cielo gris, color panza de burro; ¡cómo?, así le dicen, pues, es su “chaplín”, su “mote”, su “alias” desde siempre, porque Lima es opaca, sombría, plúmbea, cuando hiere el sol o cuando carcome el frío. La bruma es eterna. La bruma es limeña, compadrito.

Es mejor no mirar al cielo. Da pena, nostalgia y no quiero tentar a la tristeza, menos hoy estoy “chocho” y “recontra pilas”, porque voy en busca de unas calles que están en el aire o algo por el estilo. Suena raro, pero existen, bueno, eso creo, eso me dijo un amigo que leía un libro sobre el Centro Histórico de Lima, que a decir verdad, tiene mucho de histórico, pero ya casi nada de centro.

Y es que la ciudad se estira como chicle de quinceañera y ahora es difícil saber dónde diablos está su verdadero centro geográfico; pero por algún sitio debe de andar el pobre, porque no se lo han robado -humm, al menos no tengo noticias de semejante atropello- aunque en Lima todo es posible, en eso se asemeja a la dimensión desconocida.

Con o sin centro, tengo que encontrar las calles flotantes de Lima... ¿Bajas, chino?, me pregunta el cobrador de la combi, sacándome de mis profundos y elevados pensamientos; ¿pie derecho, barrio, rápido, rápido?, ordena luego, lo que en jerga limeña significa saltar o tirarse del vehículo antes de que éste se detenga del todo. Así ganan tiempo en su imaginario y cotidiano grand prix urbano.

Otra vez soy un ciudadano de a pie. Estoy en la esquina de la avenida Tacna y Conde de Superunda, cerquita a la Plaza de Armas, el cuatricentenario corazón de Lima que, milagrosamente, no se ha infartado y aún late con vigor, entre construcciones emblemáticas como el Palacio de Gobierno, la Catedral y la sede del gobierno Municipal.

Mi idea era andar a paso de procesión, hasta que apareció una figura sospechosa (léase presunto delincuente). Pueden llamarlo cobardía, aunque personalmente preferiría que lo vieran como un refinado espíritu de supervivencia en la maraña de smog, al impulso que me llevó a cambiar de acera y apresurar el ritmo de mi marcha.

Redoblo el paso: Uno y dos, esquivando transeúntes con apariencia de zombis, escapando a las palabras hipnóticas de un charlatán armado de pócimas mágicas; izquierda-derecha-izquierda, apiadándome de los mendigos de cegueras inventadas o que exhiben hijos alquilados; y, a la vez, “toreando” automóviles 007, es decir, con licencia para matar.

Aceleré el paso y lo digo sin ningún tipo de vergüenza, porque no soy karateca ni tengo espíritu de kamikaze; más bien, estoy convencido de que si se acerca un malandrín con intenciones nadas santas, lo mejor es sacar cuerpo. “Al diablo con las calles voladoras”, pensé durante mi estratégica huida, aunque la idea no prosperó, por el contrario, desapareció más rápido que sueldo en cantina.

En verdad no me arrepiento de haber persistido en mi incursión al Centro de Lima. Y es que me quedé maravillado cuando encontré lo que buscaba. “Son como calles en el aire o por los aires”, murmuré imbuido de un espíritu metafórico; “y no están ahí por culpa de un proceso inflacionario”, agregué, mezclando mi lacrimógeno sentido del humor con mis escasos conocimientos de economía.

Lo único malo de mi “encuentro cercano” con las “calles voladoras”, es que un jubilado que andaba por ahí escuchó mi murmuración y sin recato alguno me encaró: “¿calles en el aire?, qué te has fumado, hijito. Esos son balcones”. La frase rompió todo el encanto místico-literario-metafórico que me contagió mi amigo y me situó en una realidad “abalconada”.

Una realidad que fui descubriendo de a pocos, al caminar por los gastados jirones del “Damero de Pizarro”, así se le llama al centro, en honor al fundador de la ciudad, quien debe andar medio tristón en el ¿cielo? o en el ¿infierno?, por el arranque “pseudo indigenista” del actual alcalde, que decidió mandar al depósito el monumento del capitán español, que se encontraba en la Plaza de Armas.

Más allá de la anécdota, lo que importa es que en Lima hay balcones grandes y pequeños, lindos y feos, de origen andaluz y de influencia árabe. Balcones de todo tipo y para todos los gustos, que ocultaban la mirada escrutadora y desdeñosa de los poderosos o escondían la contemplación seductora y coquetísima de las bellas hijas del Rímac.

**Nota: Algunos datos de esta crónica fueron extraídos de los libros: El Balcón Limeño, de J.G. Fiol Cabrejos; Lima Monumental, de Margarita Cubillas; Lima, Precolombina y Virreinal; e Itinerarios de Lima, de Héctor Velarde. *

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