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Lima, Domingo 17 de Deciembre del 2017  
CULTURAL / ESPECTÁCULOS
Bob Dylan y el polémico Premio Nobel
* Jorge Parra Londoño
(Publicado el 07/04/2017)

A pesar de que el poeta Allen Ginsberg había dicho que a Bob Dylan deberían darle el Nobel, y muy a pesar de que Van Morrison calificó a Dylan como el más grande poeta de nuestro tiempo, el Nobel de literatura 2016 ha desatado una polémica que no deja de ser interesante, porque representa la oportunidad de reflexionar sobre qué es literatura o poesía y qué no; sobre el lugar y las características de lo poético.

Lo que llamamos poético es reconocible no sólo en un poema o en otro género literario, sino también en narrativas visuales, tales como la pintura, la fotografía y el cine. Con mayor razón entonces lo poético se puede dar en letras de canciones que, en muchos casos, son poemas musicalizados. Y ejemplos de esto sí abundan: los poemas de García Lorca, Miguel Hernández, Antonio Machado y hasta del mismo Neruda. Eso sin tener en cuenta que Cien años de soledad, según dijo siempre Gaboda para unos cuantos vallenatos. 

Existe un libro de Darío Jaramillo, Poesía en la canción latinoamericana, (Pre – Textos, 2008), en el que este poeta colombiano reconoce y analiza la poesía en formas musicales como el bolero y el tango. En las canciones del rock y del pop abunda la poesía, hecha de metáforas y de imágenes poéticas muy potentes, como por  ejemplo, las de Cat Stevens y Joan Baez. 

En Bob Dylan (tan cercano a la poesía que se puso ese apellido como homenaje al poeta Dylan Tomas) abunda la poesía, con seductoras descripciones urbanas, pero además, él tiene libros de poesía como tal (Tarántula) y textos narrativos (Crónicas I, II y III). Nada descabellado sería considerar a Dylan (nacido en 1941 en Minessota y cuyo verdadero nombre es Robert Allen Zimmerman) como un poeta extraviado en la música, pero lo músico no tiene porqué quitarle lo poeta. 

¿Qué hubiera pasado si Borges le hubiera hecho poner música a las numerosas milongas que compuso y que hacen parte de su obra poética?, ¿No es acaso la música el soporte original de toda la poesía interpretada por bardos y juglares a lo largo, sobre todo de la Edad Media?, ¿No es la balada una de las formas poéticas de la literatura inglesa? ¿No es acaso la musicalidad y el ritmo lo más característico de la buena poesía? 

Pero si la música es el inconveniente para que el sector más rígido del mundo académico admita la calidad poética de las canciones de Dylan, entonces el ejercicio que debe hacerse, es el de leer con cuidado (y ojalá en voz alta) el contenido de sus cinco centenares de canciones recopiladas en un volumen (Letras) y analizarlas a la luz de los mismos modelos con los que se analiza y valora toda la poesía existente. Si no se hace esto, entonces predominará la falacia argumentativa y el prejuicio.

La Academia Sueca se está modernizando más rápido que la misma crítica y la misma academia universitaria, en donde todavía cunde la rigidez y un tradicionalismo pacato. Hay que ver no más, que el año pasado el Nobel a Svetlana Alexievich también fue recibido con reticencia por parte de ese sector poco abierto a nuevas tendencias y paradigmas. No hay novelas ni cuentos ni poemas en la producción de la bielorrusa, y sin embargo le dieron el Nobel de literatura. 

La clave está precisamente en entender que lo literario es expansivo, como lo es también lo filosófico. Miremos cómo hoy día la reflexión filosófica la están haciendo, y muy bien, sociólogos como Bauman y Lipovetsky. La Academia Sueca, igual le hubiera podido dar el Nobel a Cat Stevens, a Leonard Cohen o a  Simon y Garfunkel, que son poetas en toda regla. 

Otra cosa es que su imagen como músicos sea tan potente que ensombrece lo demás. A Günter Grass nadie lo reconoce como el gran pintor expresionista que es, por lo mismo. Hay que celebrar esta tardía decisión de la Academia Sueca, porque, no sólo hizo justicia, sino porque demuestra su amplitud de miras, muy a tono con la interdisciplinariedad que se da en esta modernidad extendida en la que vivimos. 

*Profesor en la Maestría de Estudios Literarios y en la licenciatura en Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás; profesor de Producción de textos en la Universidad Distrital. Articulista y columnista de El Tiempo y comentarista de libros en Lecturas dominicales desde 2003. Autor de Cien remedios para la soledad y Crónica contra el olvido.

Publicado el 23/11/16

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