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Lima, Viernes 15 de Deciembre del 2017  
CULTURAL / ESPECTÁCULOS
A propósito del aborto
* Carlos Miranda Passalacqua
(Publicado el 03/02/2013)

Una mirada en retrospectiva a la postura católica

Son innumerables los pasajes de la Biblia, donde en nombre de Dios, se proscriben una serie de conductas aparentemente irrelevantes, como vestir prendas de distintos hilos, comer cerdo o trabajar los sábados. Parecen interminables las prohibiciones relacionadas con la sexualidad, la higiene, los ritos, entre otros aspectos. Llama la atención pues, que con un código de ética tan extenso, en el que muchas veces no se advierte dónde radica lo pecaminoso de los actos que se condenan y repudian, no exista mención alguna que trate el tema del aborto más que tangencialmente. Solo en Éxodo 21:22 se declara que si surge una pelea y una mujer resulta lesionada y aborta, el responsable deberá pagar una multa.

Al margen del Antiguo y Nuevo Testamento, los primeros textos cristianos hacían hincapié en que detrás del aborto se podían cubrir adulterios y se dejaba de concatenar el sexo con la procreación, motivos por los cuales se rechazó tal práctica (y no por ser considerada homicidio). Asimismo, ninguno de los dos más ilustres pensadores cristianos de la Edad Media: Agustín de Hipona (San Agustín) y Tomás de Aquino (Santo Tomás) estimaron que el aborto fuera un asesinato. Sus ideas sobre el particular (que ponían en relieve el poco parecido físico entre un feto y un humano) fueron recogidas por el Concilio de Vienne de 1312. Sin embargo, la postura oficial de la Iglesia cambió en 1869; durante el papado de Pío IX y, en adelante, se castigó el aborto con la excomunión.

¿Quiénes están realmente a favor de la vida?

Ni "abortistas" ni "antiabortistas", mientras se alimenten de animales o vegetales, compren insecticidas o pesticidas, estén a favor de la caza o maten las pulgas de sus gatos. Los que se autodenominan "defensores de la vida" lo que pugnan por defender es, en realidad, la vida humana, no la vida en general. No obstante, suelen olvidar que el mero hecho de que un feto sea un organismo humano, no lo vuelve intrínsecamente superior a cualquier otro organismo. Para esgrimir un juicio de valor, antes bien, habría que tomar en cuenta, en todos los casos, las características que juzgamos estimables (las que nos distinguen como personas) e ignorar las que nos parecen intrascendentes (las que no nos distinguen o incluso las que nos separan del resto del reino animal). Por ejemplo, ciertos infrahumanos nos superan en velocidad, fuerza, visión, olfato, etc., cualidades que no justipreciamos tan valiosas como el pensamiento o la metaconciencia.

Una vez superado este tópico, somos capaces de examinar al feto por las propiedades reales que posee y valorarlo en su verdadera dimensión. Así pues, se facilita la comparación con otros seres similares que poseen características disímiles o desarrolladas desigualmente. De manera que, en una contrastación básica podríamos afirmar que el feto de menos de tres meses presenta menos señales de conciencia que un pez, la capacidad de sentir dolor o placer del de cuatro meses es inferior a la de una vaca y el de cinco meses cuenta con menor racionalidad que un cerdo.

Contradicciones del humano potencial

Según la Iglesia y muchos grupos que se oponen al aborto, la vida humana comienza con la fecundación. Sin embargo, en promedio, dos tercios de los óvulos fecundados abortan de modo espontáneo. Frente a esta evidencia, los antiabortistas arguyen que tales muertes se deben a causas naturales y no dependen de la intervención deliberada del hombre. De suyo, tal respuesta es una falacia que evade el hecho que los humanos tomamos precauciones para evitar las muertes que se suscitan por causas naturales (como terremotos o tsunamis) y las lamentamos cuando ocurren, cosa que no sucede en el caso que nos ocupa.

Más allá del hecho concreto que un óvulo fecundado es más pequeño que la mitad de una hormiga, ni éste, ni el óvulo aislado, ni el espermatozoide, son más que personas en potencia. El cuestionamiento se cae de maduro, ¿por qué no considerar asesinato la destrucción de un espermatozoide o un óvulo si ambos son tan humanos como su unión?

También los hay antiabortistas que sostienen que el inicio de la vida humana se da lugar con la implantación. En su estoica defensa contra quienes opinan que se debe legalizar el aborto, señalan que tras la implantación del cigoto, si esperamos lo que hay que esperar, sin interferir, nacerá un bebé. Pero, ¿con ese argumento de potencialidad se puede aseverar que un embrión es una persona? En tal caso, podríamos contraargumentar que si con un recién nacido esperamos lo que haya que esperar, sin interferir, tendremos a un muerto. ¿Y por esa obvia potencialidad vamos a valorar igual que a los muertos a los bebés o a quien sea, en cualquier etapa de su ciclo vital?

La mentalidad discontinuista

Se diga lo que se diga, la vida humana no comienza con la concepción, se remonta a la aparición de los primeros sapiens. En la secuencia filogenética podemos notar que cada óvulo y espermatozoide están vivos, tanto como el óvulo fecundado. El problema, entonces, no consiste en determinar el momento de la emergencia de la vida, sino el punto a partir del cual podemos llamar persona al nuevo organismo humano. La dificultad que acarrea tal tarea es la visión de “absoluto” con que se pretende investir al concepto “persona”. De manera que resulta imposible concebir un feto como un ser a medio camino entre dos especies o, según las propiedades que nos interesen, como una décima o dos tercios de persona. Gracias a dicha visión discontinuista, se mantienen los debates que giran en torno al momento del desarrollo en que aparece la personalidad, pasando por alto las diferencias individuales.

Y al no ser “persona” un concepto absoluto, no existe una línea diáfana que marque con claridad meridional el salto cualitativo, a partir de los constantes cambios cuantitativos propios de la ontogénesis. Luego, para trazar por motivos pragmáticos esa vírgula (aunque sea arbitrariamente) que nos hace falta, sólo queda proponer criterios más o menos intuitivos, pero de ninguna manera establecer juicios apodícticos. Uno de ellos vendría a ser el primer atisbo de pensamiento. El pensamiento emerge del cerebro, gracias a las conexiones neuronales a gran escala, que no empiezan sino hasta el sexto mes de embarazo, antes, la incipiente arquitectura cerebral de los fetos les impide pensar. Sin embargo, ¿es la misma pena la que siente una madre que pierde a un bebé al sexto mes de embarazo que la que padece aquella que lo pierde al sexto año? Poco a poco se vuelve evidente que por más que todos seamos humanos, unos lo somos más que otros.

Consideraciones legales

El asesinato, según el código penal peruano, es un crimen que se castiga con hasta treinta años de cárcel, según las circunstancias agravantes. Si aceptáramos que el aborto es literalmente un homicidio y tomamos en cuenta que para llevarlo a cabo hace falta premeditación y durante el mismo se actúa con alevosía y ventaja, no nos quedaría más remedio que sentenciar con la pena máxima a los actores intelectuales y materiales del delito en cuestión. ¿O será que a nadie en su sano juicio se le ocurriría condenar a veinte o treinta años de cárcel a una mujer que aborta?

Otro aspecto controversial concierne al hecho que cierto grupo de antiabortistas están dispuestos a conceder algún tipo de excepción en la condena del aborto. En concreto, lo toleran cuando se trata de una violación. En tal escenario, habría que cuestionar si el Estado puede decidir la vida para los descendientes de una unión consensuada y la muerte para la concebida por coerción. Quedarían además dos cabos sueltos. En primer lugar, se estaría poniendo de manifiesto que el derecho a la vida depende de las circunstancias propias de la copulación. En segundo lugar, no habría una explicación lógica aparente para no hacer extensiva la excepción en cualquier caso.

Experimentos mentales

1) ¿Por qué no utilizar el mismo criterio tanto para decidir cuándo un ser deja de ser persona como para afirmar en qué momento empieza a serlo? Si empleásemos esta metodología, asumiríamos que así como alguien muere cuando su cerebro deja de tener actividad neurológica coordinada que permite la asunción de la conciencia, el organismo humano rudimentario no llega a ser persona hasta que su arquitectura cerebral no le permita tener la antemencionada actividad neurológica.

2) Si inexorablemente de usted dependiera el objetivo de un misil altamente destructivo y tuviera como únicas dos opciones una pequeña ciudad donde viven cinco mil personas y otra habitada solo por un hombre de ochenta años, ¿por cuál optaría? Y si por el contrario, hubiese que elegir entre salvar de un hospital en llamas a un señor de ochenta años o a un recipiente con cinco mil embriones congelados, ¿qué escogería? 

Carlos Miranda estudia Psicología en la Universidad de Lima y es editor del blog www.divergencia-carlitox.blogspot.com

 

 

 

 

 

 

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