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Lima, Sábado 16 de Deciembre del 2017  
COLUMNA DEL MES
El traductor como vínculo intercultural
* Carmen Díaz Mendoza
(Publicado el 02/11/2009)

El rol del traductor es facilitar la comunicación entre los hombres que hablan de distinta manera o que tienen lenguas distintas. El traductor es pues un mediador entre hombres que por su modo de hablar, no pueden comunicarse en un mismo lenguaje. Entendiéndose el lenguaje como capacidad de comunicación simbólica, típicamente humana. El impedimento de comunicarse a través de él se presenta como uno de los mayores obstáculos para el desarrollo de la persona y del grupo social. Este obstáculo se acentúa en la medida en que crecen los contactos entre sociedades y culturas que hablan distintas lenguas. Al perfeccionarse la infraestructura de comunicación a nivel mundial, el problema se vuelve explosivo. Las relaciones internacionales en lo político, económico, científico, tecnológico, educacional, etc., y el aumento geométrico del número de libros y  publicaciones de toda especie, así como el perfeccionamiento de la distribución y circulación de ellos, aumentan la demanda de la traducción. Así pues, el traductor aparece cumpliendo un rol dentro de este proceso de comunicación social.

         
El traductor sigue siendo requerido de manera creciente para que ejercite su rol. Más aún, se le demandan nuevos servicios que no estaban comprendidos en su rol tradicional: así, se le pide no sólo traducir sino analizar, resumir, elaborar, editar y publicar documentos comerciales e industriales y de trabajo para especialistas. Muchas veces se le demanda que seleccione textos pertinentes para un determinado tema o en la lengua que traduce. La sociedad no sólo sigue pidiendo el ejercicio de su rol, sino que lo amplía.
       
Es también un hecho que el creciente proceso de especialización del trabajo, especialmente del trabajo científico y tecnológico, no se satisface únicamente con acciones eficaces sino que requiere acciones eficientes. Es decir, se trata que cada rol y función social sean ejercitados de modo que sus objetivos sean obtenidos de manera completa en el menor tiempo y con el menor costo posible. Este proceso de racionalización exige que el traductor sea no sólo eficaz, sino eficiente. La creciente necesidad de tener información y conocimiento, de vincularse rápida y adecuadamente, necesidad especialmente sentida por los países en vías de desarrollo, requiere de traductores eficientes.
 
Los países desarrollados han experimentado  un importante cambio demográfico en los últimos años debido a la llegada progresiva y cada vez mayor de inmigrantes de diversas partes del mundo. Iniciamos así un camino hacia la multiculturalidad, y también hacia el multilingüismo en el que es necesario utilizar una serie de recursos humanos y herramientas metodológicas para fomentar la comunicación y la convivencia. Se intensifica de este modo la importancia del traductor que es un mediador interlingüístico e intercultural, que por su reciente demanda en estos países, constituye una profesión emergente, pero, desafortunadamente, todavía no reconocida por todos los sectores que forman la red de servicios públicos (médico, legal, administrativa, educativa, etc.).
 
Esto plantea que el traductor desempeñe dos papeles en los servicios públicos, los que debe combinar para garantizar la comunicación entre sus clientes. El traductor, mediador lingüístico y cultural, cuando comunica un mensaje, tiene que tener en cuenta que no sólo transmite una lengua, sino que debe hacer llegar al receptor las particularidades culturales de su interlocutor.
De este modo, el traductor se hace visible, al tener que funcionar como puente, no sólo entre lenguas, sino también entre culturas, siendo una consecuencia frecuente que tenga que explicar a los participantes en la interacción aspectos culturales de uno y otro, o que transforme el mensaje de uno adecuándolo a la cultura del otro.
El traductor en los servicios públicos se ha convertido en un especialista, no sólo bilingüe, sino también “bicultural”, lo que supone poseer:
- Conocimiento histórico, social y cultural sobre los interlocutores.
- Habilidades comunicativas.
- Habilidades técnicas adaptadas a la situación.
- Habilidades sociales.
 
Para finalizar este artículo, nos gustaría terminar con una idea muy importante: La lengua materna y la lengua extranjera de un traductor no son solamente sistemas de signos y conjuntos de reglas que nos permiten comunicarnos; son además parte de su ser material y espiritual. Existe una relación dialéctica entre la lengua, la cultura, la nacionalidad, la forma de ser y de concebir el mundo. Son elementos que se relacionan, son diversos pero a la vez son uno, porque constituyen un universo unitario. Es decir, nuestro universo unitario. Habitamos nuestra lengua que es nuestro universo y ella nos habita. La lengua, el traductor y nosotros formamos una unión indisoluble. Si empobrecemos nuestra lengua, empobrecemos nuestro universo cultural, nuestra nacionalidad, forma de ser y nuestra vida, si disminuimos nuestra lengua, nos disminuimos nosotros mismos, si la menospreciamos, nos menospreciamos nosotros mismos. Por esta razón, el traductor y el usuario de la lengua (nosotros mismos) tienen una responsabilidad social. 
 
*Carmen Díaz Mendoza es licenciada en Traducción e Interpretación en los idiomas Alemán, Inglés y Castellano.

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